Un hombre de cabellos plateados

Mi abuelo tenía el cabello plateado, a veces creo que siempre lo tuvo así, de no ser por las  fotos  viejas podría pensar que nació con canas, no lo recuerdo de otra forma. Tenía una barriguilla que delataba su buen diente. Amaba comer turrón, los dulces y la comida picante. Era excelente cocinero, las salsas le quedaban mejor que a la abuela, aunque la abuela sigue cocinado delicioso.

older-2864181_1920Pasaba horas en la habitación del rincón de la casa, se sentaba frente a un viejo reproductor de casetes, rebobinaba las cintas una y otra vez, grababa sobre ellas y etiquetaba cada una. Era el único que tenía un aparato como esos en estos tiempos, después alguien le regaló un reproductor de DVD que quizá quedo cerrado y sin estrenar.

Jugaba dominó como los Dioses aunque la edad y los achaques le hacían malas jugadas en las partidas. Se sentaba en su cama a ver películas viejas, las mexicanas eran sus preferidas. En realidad sólo parecía que las veía porque siempre se quedaba dormido. A los nietos nos causaba un poco de gracia.

Recuerdo que se enojaba cuando nos veía brincar en la cama, éramos niños pero había un regla clara: en la cama nadie brincaba. Cada navidad recibía el mismo regalo, zapatos. Se rumoreaba que eran los mismos cada año, porque su costumbre era comprarse su propio regalo, nadie mejor que él para elegir los clásicos zapatos.

Bailaba como un profesional, las cumbias, salsas y danzones eran su fuerte, mis tías se peleaban por bailar con él. Dicen que cuando era más joven se iba a los ya extintos salones de baile. Le gustaba el béisbol y el box. Era guapo, rubio, de ojos claros y con todo y esa barriga tenía un porte único.

Mi abuelo se fue hace cuatro años, nunca me había enfrentado a la muerte, jamás la había vivido tan de cerca. Mi familia es relativamente joven y no habíamos despedido a nadie. Su partida nos tomo por sorpresa, desprevenidos y sin saber cuál era el protocolo. No han pasado muchos años así es que recuerdo con detalle el día que se fue. La voz quebrada de mi tía hizo eco en mi mente: Don Juan acaba de morir. Me costo varios minutos entender, la muerte se había hecho presente en la familia y se llevó al mejor bailarín.

Unos días antes, en el hospital y con mucha determinación él dijo: voy a salir de aquí, me tomaré una cerveza y echaremos la partida de dominó. Justo así lo enterramos, con cerveza y domino y con música de fondo como a él le hubiera gustado. Cada navidad se siente su ausencia, esa silla vacía no pasa desapercibida, el día del padre ya no es igual.

Hoy decidí contarte de mi abuelo, de sus canas y sus salsas porque hace unos días cumplió cuatro años de haberse ido y es día que parece increíble su ausencia, no logro entender como una vida se apaga así tan repentinamente. Yo no sé si fue un buen esposo pero la mirada solitaria de mi abuela me hace creer que sí. Tampoco sé si fue un buen padre pero las lágrimas de mi madre me dan señal de algo. A mí lo único que me importa es que lo amábamos y lo seguimos extrañando.

La última conversación con él fue relacionada a mi hija: se acercó con un viejo casete y me dijo, mira esta canción se llama Alondra. Me arrepiento de no haberla puesto en sus brazos y haber tomado una última foto. Ahora ella lo conoce por mi, lo tiene presente y le gusta creer que está en el cielo. A veces cuando visito su casa, sigo sintiendo su presencia, lo veo sentado con su viejo estéreo y de fondo se oyen unos danzones.

 

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