La trampa de la felicidad

hannah-cauhepe-268910¿Quién no se ha preguntado qué se necesita para ser realmente feliz?, llega una edad en la que uno se lo pregunta con frecuencia y pareciera que de pronto estamos en medio de una carrera donde el fin principal es alcanzarla y no existe nada más. Empezamos a correr tras ella, corremos y corremos y a veces si estiramos la mano la tocamos, casi podemos declarar el triunfo, pero luego se esfuma, tan etérea como la neblina.

¿Qué es todo esto del discurso absoluto de la felicidad? es decir, ¿acaso se puede ser plenamente feliz y lograr la meta máxima de vivir en plenitud? ¿o es una patraña barata que se inventan los asesores de estilo de vida para cobrar a las personas que no tienen ni idea de cómo vivir?. Yo como ustedes me he preguntado mucho por este asunto casi filosófico. De hecho recordé una de mis películas de cabecera: La Matrix. En el planteamiento de la Matrix tenían que darle problemas y sufrimiento a la gente para que todo funcionara mejor pues la ilusión de  la felicidad absoluta no había dado grandes resultados… y en parte es verdad, está comprobado cómo ante la adversidad sacamos lo mejor de nosotros mismos, la mejor  energía.

El ser humano pasa gran tiempo de su vida entre la rutina y los planes del futuro, entre ver a los demás y desear la vida de otra persona, entre quejarse de lo que no tiene, no es, no ha logrado y soñando aquello que desearía tener pero que a su parecer no puede.

Quizá nuestra infelicidad radica en que somos un manojo de pretextos y actitudes condescendientes hacia nosotros mismos, pero además a esto podemos sumarle la excesiva crítica hacia todo lo que los demás hacen y son. Y es aquí donde habita la eterna lucha entre lo que tengo y no, lo que soy y desearía ser y la comparación con el otro pues criaturas sociales somos. Entonces ¿qué es la felicidad y cómo se consigue?, no lo sé… creo que la pregunta no debería ni existir, ¿es un cuestionamiento legítimo?, pienso también que en la sociedad actual es algo que nos han hecho cuestionarnos y se sostiene en la estructura del consumo y la posesión, del supuesto éxito y de la vanagloria de aquello que queremos demostrar que tenemos.

Desde mi punto de vista la idea de felicidad actual es una trampa; uno entra en la trampa atraído por su belleza y empieza en este ciclo sin fin como el hámster en una rueda que da vueltas y vueltas pero no sale de ahí ni avanza, es un sinsentido. Uno camina por ahí y recibe todos estos mensajes de cómo tener un reloj o tomar una bebida te hará disfrutar de la vida plenamente y ser feliz. La trampa está ahí camuflajeada de oro y brillitos pero ahí; y lo que la sostiene es la expectativa, todas las expectativas que ponen en nosotros y las que ponemos en los demás. Se trata de Poder, poder hacer, poder tener, poder demostrar, poder atacar, poder manipular, poder enaltecer. En todo caso es hasta un poco obvia y termina aderezándose con envidia. Esa felicidad es la felicidad plástica e inventada de las navidades en pleno octubre y los días del amor y la amistad, la de las imágenes de postal de tienda de carretera o campañas publicitarias de las tiendas de hierro y metal. La que te obliga a negar tus sombras y tu oscuridad, la que te pide a gritos que ocultes tu lado gris  porque es grotesco y hasta de mal gusto, “fuchi”.

La felicidad no es un tema de poder, de poseer, es un asunto de saber estar, y de ser, el resto es un show off de cómo disfrutamos esto o aquello, de cómo nos hace sentir bien que logremos tal o cual cosa, ver a los amigos, los logros de los hijos, comer algo rico o ir a algún lugar a pasear. Es un tema de poder, yo tengo el poder de hacer esto o de conseguir lo otro, yo tengo el poder: véanme. Es muy efímero. El asunto de demostrar poder no es que siempre esté mal, el poder como muchas cosas en esta vida es dual. Está bien conseguir metas y tener cosas, lograr lo que uno se propone pero pienso que eso no dicta lo que es ser feliz. A decir verdad la felicidad es escurridiza porque es algo que no se puede tener y quizá ahí reside el error, la trampa. Ésta paradójicamente llega cuando dejas de perseguirla.

Y bueno, al menos yo creo que la felicidad no es esa trampa frustrante basada en el futuro prometedor, esa que llegará cuando tengas esto o aquello y hayas logrado ser o estar en tal lugar. La felicidad es un sentimiento pasajero que puede ser más permanente en la medida en que uno sea como es sin actuar en función de los demás o para que los demás vean. Por eso hay mucha gente que sufre con las redes sociales, es feliz o infeliz en la medida en que es vista y reconocida por este medio y todo es un juego de reafirmación. Los juegos son divertidos pero pueden convertirse en algo enfermo y nuestras sociedades, muchas de las sociedades del mundo muestran grandes signos de enfermedad; como me dice mi novio a menudo: “ve el timeline de alguien y baja varios meses en sus publicaciones y sabrás cómo es esa persona”. Y sí, es bastante revelador.

En conclusión, creo que estaría bien empezar por aspirar una felicidad más legítima basada en el pleno conocimiento de nuestro ser, de nuestras emociones no anestesiadas, de nuestra persona de forma integral con defectos y virtudes; todo con el  firme propósito de mejorar y aprender para no ir por la vida arrastrando la cobija siempre y sufriendo por  toooodas las  cosas que no podemos controlar o cambiar. Ser y aceptar, trabajar y dar, dejar de pedir y esperar que todos los demás nos resuelvan el entuerto o tengan la culpa de nuestras circunstancias y sonreír solo porque la lluvia cae o porque es lunes y es un pinche día maravilloso, amar los estados de tristeza y aprender que también se irán como se van los de excitación pura y agitación. Apreciar que nos palpita un corazón dentro y que podemos llorar y abrazar, imaginar y levantarnos, cantar, oír música, conocer a otros y dormir en el silencio de nuestra oscura y radiante alma.

Desde el principio felicidad somos nosotros.

Aline Ross
Aline Ross

Soy comunicóloga, estratega experta en opinión pública y problemáticas sociales, actriz y fundadora de @lanave_teatro. Investigadora apasionada del ser humano, mexicana con alma irlandesa y vasca, espíritu del norte. Amo cantar, leer, actuar y el silencio. Observo todo el tiempo a la gente, colecciono personajes que encuentro en las calles y en diferentes lugares, amo la lluvia, el frío y las seis de la tarde. Las letras me llenan el alma todo el tiempo; son como un fuego intenso que habita en mí, estas ideas que me dicen: “¡escribe!” y entonces todo brota como un incendio. Prefiero el teatro al cine, el arte contemporáneo al clásico, las grandes ciudades a los mares. Soy de las que ha soñado y trabaja arduamente por un mundo justo abierto e incluyente donde amar sea válido para todas las personas.

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