Escombros

 

john-sting-112604Amo esta ciudad, la amo profundamente y siempre he dicho que no me gustaría haber nacido en ningún otro lado, que soy orgullosamente chilanga y por eso duele y ha dolido por semanas… aún ahora para escribir estas líneas tengo que ser valiente para compartir y que pueda tomar su lugar en la memoria histórica del 19S.
Es difícil explicar el miedo, cómo se siente y cómo se siembra en la piel… yo estoy bien, pero como muchos otros pensé que iba a morir. No es una exageración ni dramatización, con cada persona que he hablado coincidimos en que la idea pasó por nuestra mente y eso ya es mucho peso en el corazón. Hoy muchos mexicanos tenemos en común eso también, que sabemos que podríamos no haberlo contado. Y déjenme decir algo con total justicia, si alguien no entiende esta emoción que permanece es que no tiene ningún sentido de empatía.

Sí, es difícil hablar sobre cómo trascender el miedo y a pesar de él moverse porque los otros, los que están enterrados bajo concreto, necesitan que lo hagamos. El miedo también surge desde la idea de perder a los tuyos. La primera vez que oí que se había caído un edificio en la calle de Escocia fue el momento en que tuve terror de perder a Mat, su escuela está tan cerca y yo no tenía noción de que habían caído edificios. Cuando empezó el temblor estábamos en la oficina y me tocó como brigadista dirigir a la gente para que fuera al punto de reunión. Sí sentí que perdía las fuerzas cuando en un minuto el sismo se puso muy fuerte pero ese miedo que se mete hasta el alma llegó con Escocia. Después fueron apareciendo las noticias de los demás. Pronto tuve a Mat a mi lado, pero al llegar a casa horas después el caos se había desatado. ¿Cómo contarles de la impotencia y la ansiedad de querer salir a las calles?, gente corría de un lado al otro, unos con palas, otros llenos de tierra y polvo, unos más angustiados llorando, muchos otros tratando de organizar. Mirar en la esquina un edificio colapsado y tener otros más alrededor en el mismo estado es sumamente impresionante. Más tarde cayó la noche y en medio de una total oscuridad llegaron los silencios de puño alzado para poder escuchar los gritos de auxilio.
Después vinieron días de ir y venir de un lado al otro intentando apoyar, pero en serio, no hay ayuda que sea suficiente, todo se hace tan poquito, tan insuficiente… días de ver las noticias, de conectarse con los demás para ver qué se podía hacer, de reunir lo que se pudiera para darlo, de intentar alcanzar con sólo dos brazos a todos y a todo. Cada noche que pasaba, cada noche me sentí impotente…
Lo más duro sin embargo, son los vacíos, los restos, los escombros… la vida retoma un curso pero las fracturas están ahí, con los huesos expuestos, con las cortinas vomitadas en las estructuras que fueron hogares de personas. Y esas personas, esos seres humanos que merecen una vida como la mía, están en pausa. Paso por Gabriel Mancera y adelante antes de llegar a casa aparecen las ruinas de los sueños de muchas personas y se pueden ver a través del colapso reminiscencias de ilusiones, un televisor, ropa, pequeños restos de cotidianeidad aplastada en el concreto. De pronto doy la vuelta en otra calle y encuentro un hueco en lo que alguna vez fue un edificio y luego otro más.
Los edificios que ya no están y los que están a punto del colapso son dolorosos. Duele su ausencia, duele lo que dejaron pendiente, duele su historia llena de rostros desconocidos, de risas de niños, de madres que se fueron, de perros que huyeron o quedaron ahí. Cada día me toca ver mudanzas, un éxodo inevitable lleno de desasosiego e incertidumbre, gente intentando sacar lo  poco que pueda para salvar su vida y ver dónde más la va a continuar. Estas imágenes diarias de estas semanas se fijan en la mente de quienes vivimos en las zonas de desastre… yo soy testigo, una observadora en silencio mientras voy al trabajo, a una junta o por Mat… y me pregunto ¿qué harán?, ¿a dónde irán?, son mexicanos, son mis vecinos, mis amados desconocidos.

El temblor lo ha cambiado todo. Esta colonia que amo, mi camino al trabajo, la seguridad de las calles, la ruta para llevar a mi hijo a su cole, la idea de seguridad. Eso, la seguridad que toma años construir está trastocada y no sabemos cuándo va a regresar.

Queda retomar la normalidad valorando todo lo que somos, lo que tenemos, la fortuna de estar vivos, el poder de amar con toda la fuerza, la capacidad de salvarnos, de ayudarnos, la responsabilidad de no olvidar. No olvidemos… por favor, no nos olvidemos.

 

 

Aline Ross
Aline Ross

Soy comunicóloga, estratega experta en opinión pública y problemáticas sociales, actriz y fundadora de @lanave_teatro. Investigadora apasionada del ser humano, mexicana con alma irlandesa y vasca, espíritu del norte. Amo cantar, leer, actuar y el silencio. Observo todo el tiempo a la gente, colecciono personajes que encuentro en las calles y en diferentes lugares, amo la lluvia, el frío y las seis de la tarde. Las letras me llenan el alma todo el tiempo; son como un fuego intenso que habita en mí, estas ideas que me dicen: “¡escribe!” y entonces todo brota como un incendio. Prefiero el teatro al cine, el arte contemporáneo al clásico, las grandes ciudades a los mares. Soy de las que ha soñado y trabaja arduamente por un mundo justo abierto e incluyente donde amar sea válido para todas las personas.

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