Voto de confianza

peter-hershey-125606El otro día fui a un parque con mi hijo, él quería salir a andar en bici y aunque ya casi era hora de su baño decidí llevarlo, darle ese gusto.
Dio algunas vueltas y después de un rato se bajó de la bici y nos sentamos en una banca a jugar. Ya casi nos íbamos cuando de pronto llegó corriendo por atrás de nosotros un niño. Tendría unos 8 años, muy vivo y simpático. Llevaba una caja en la mano y en la otra una lagartija de plástico; era un niño que vendía obleas en algún semáforo. Su ropa estaba visiblemente desgastada, rota y sucia. Mi hijo y yo luego luego le sonreímos y él a nosotros mientras nos enseñaba su lagartija. Después vio la bici y nos dijo “¿me la prestan?” A lo que respondimos que sí. Mi hijo estaba emocionado porque había hecho un amigo y en lo que el niño se subía a la bici a dar una vuelta yo le decía que qué bueno que podíamos compartir su bici con él.
aproveché el momento para decirle que ese niño tenía que vender cosas en la calle y que seguro se quedaría ahí hasta tarde. Siempre le he enseñado a mi hijo a ser abierto, cálido, amable con todos, él a su corta edad no discrimina (y espero así permanezca) pero ese día recibí una lección que aún intento procesar.
El niño al principio iba y venía cerca de nosotros y lo dejamos disfrutar un rato, yo la verdad me sentía feliz de poderle dar un pequeño momento de felicidad, de ser niño y jugar, de divertirse. Así que poco a poco él fue tomando más confianza y empezó a irse más lejos. De pronto lo veíamos pasar por atrás pero ya no se acercaba, yo solo oía las rueditas de apoyo de la bici a lo lejos y en realidad empecé a preocuparme porque ya teníamos que irnos y él no regresaba. En un momento Mat lo vio pasar y le dije “ve y llámalo” pero el niño sólo se alejó. Después se fue por otro lado y cuando le dije que ya debíamos irnos sólo se volteó y desapareció por una esquina de un edificio. Me quedé esperando sin saber qué hacer ni cómo sentirme al respecto. Caminamos hacia donde lo vimos irse y ya no estaba, había desaparecido dejando su caja, su lagartija y miles de dudas en mí.
Mi hijo estaba desconcertado porque él no entendía lo que estaba pasando, no sabe lo que es robar, ni abusar de la confianza de alguien, no estaba enojado ni triste y yo le decía, “acompáñame a buscarlo porque ya se fue con tu bici”. Pasaban tantas cosas por mi cabeza… entre ellas, entender que es un niño que quizá nunca tenga una bici o que si se la regalaba seguramente terminaría sin ella porque se la quitarían, que estaba abusando de nuestra confianza pero también que era un niño sin límites que había crecido como había podido. Intenté ser empática pero me dolía, me dolía lo que estaba pasando. También pensé en la tristeza de mi hijo cuando se diera cuenta que no la recuperaríamos y en lo tonta que había sido al pensar que no se la llevaría. Pero ese pensamiento me dio más tristeza, es decir, es sólo un niño de 8 años, ¿qué de verdad darle confianza no puede hacer algo positivo en su vida? Y no quería claudicar de esta idea porque pienso que si tú confías en alguien estás haciendo magia para esa persona… pero él se había ido sin pensar en que se estaba llevando la bici de otro niño y la confianza depositada en él.

Bueno, ya era también la hora de meternos, del baño, de la cena de seguir con la rutina, no podía seguir buscando lo perdido ni traer a mí hijo de acá para allá. Confieso que sentí un vacío, como que algo se me perdió de pronto y me llamé a mí misma tonta, demasiado abierta confiando en la humanidad y pensando que con amor todo se logra…
Algo me llevó a dar una vuelta más y de pronto un locatario me avisó que por ahí andaba. Corrimos hacia allá y ya se iba de nuevo cuando esta persona lo llamó fuerte y lo detuvo. Se acercó a nosotros y le dije que porqué había hecho eso sí nosotros habíamos confiado en él… Y aquí viene lo más triste. Hagan de cuenta que en ese momento se convirtió en otra persona, en un adulto enojado y a la defensiva. Yo quería hablarle como una madre habla a su hijo pero él no reaccionó así. Nos pidió su lagartija y nos dijo que si no estaba “íbamos a ver”… o sea, nos la volteó y hasta nos amenazó. En ese momento me di cuenta que todo estaba mal, que ese niño no iba a entender que había hecho algo equivocado, que él no sabe del valor de la confianza, el respeto, la amistad. Tampoco sabe lo que es tener una bici ni una mamá con quien jugar en el parque ni mucho menos del respeto al tiempo de los demás, rutinas, baño caliente y cena, su vida es muy diferente.
Y me siento mal, me siento mal porque a pesar de que sé que él no tiene nada de eso ni lo comprende yo le dije a Mat que confiara en él, yo le enseñé que lo hiciera y él abusó de esa confianza y cuando se lo señalé no lo reconoció o aceptó o siquiera se preocupó. Le valió en pocas palabras. Y yo entiendo porqué, cómo, cuándo y dónde, pero eso no le quita lo terrible.
Por supuesto también entiendo de la emoción de este pequeño y de su afán por extender lo más posible su disfrute. Entiendo que nada más le importara y que quisiera llevársela, lo que me impacta es que empecé a sentir que quizá estaba enseñándole mal a Mat. Que eso de compartir y ser abierto no es necesariamente lo mejor y que a veces hay que tener cuidado a quién nos mostramos.

A nuestros hijos también tenemos que enseñarles a cuidarse y cuidar su corazón, cuidar sus afectos. Yo quiero hacer lo posible por aportar para que el mundo sea mejor y que niños como este sepan que alguien cree en ellos y no los discrimina, sé que mi visión en este caso fue un tanto inocente pues dado su contexto y circunstancias debí suponer que pasaría lo que pasó, pero no quise hacerlo, no quise pensar así. Todavía un señor dueño de un restaurante de ahí nos dijo “es que para qué se la prestan, ya lo ha hecho antes” y yo le respondí “porque confiamos en él”. ¿Es tan difícil creer? ¿creen en los demás? ¿Tratar de no estar siempre a la defensiva?. Mucho por reflexionar.

Al final recuperamos la bici pero perdí un poco de esperanza. Me hubiera gustado regresar a casa con ambas.

 

 

 

Aline Ross
Aline Ross

Soy comunicóloga, estratega experta en opinión pública y problemáticas sociales, actriz y fundadora de @lanave_teatro. Investigadora apasionada del ser humano, mexicana con alma irlandesa y vasca, espíritu del norte. Amo cantar, leer, actuar y el silencio. Observo todo el tiempo a la gente, colecciono personajes que encuentro en las calles y en diferentes lugares, amo la lluvia, el frío y las seis de la tarde. Las letras me llenan el alma todo el tiempo; son como un fuego intenso que habita en mí, estas ideas que me dicen: “¡escribe!” y entonces todo brota como un incendio. Prefiero el teatro al cine, el arte contemporáneo al clásico, las grandes ciudades a los mares. Soy de las que ha soñado y trabaja arduamente por un mundo justo abierto e incluyente donde amar sea válido para todas las personas.

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