Armada hasta los dientes

Hubo un tiempo que fui prisionera de mí misma, atrapada entre barrotes de memorias, siempre buscando el sol que no me daba en la cara. A veces cuando se es prisionero del miedo no te das cuenta que te acostumbras a serlo, quizá es nuestra capacidad de adaptación como seres humanos, quizá es que muy pronto dejamos de ver o ser realistas con la situación en la que estamos… No lo sé el caso es que así estuve un rato.

Las celdas mentales son muy peligrosas, te acostumbras a “ejercer tu libertad” en un pequeño espacio pensando que el mundo es de ese tamaño. Hay quien sale, hay quien no lo logra jamás.

Pero si logras salir de tu propia prisión el problema no termina ahí, sales y seguro tendrás muchos retos que resolver. El asunto es que uno piensa que después de vivir un proceso y empezar a saborear la libertad, con eso ya ganó todo y muchas veces no nos damos cuenta de las heridas que traemos, de lo lastimados que estamos, de las marcas que deja una experiencia, de lo acostumbrados que estamos a temer, de lo seguro y reconfortante que puede ser temer…

Yo salí de un rincón de mi mente, lo logré. Alguien me dijo durante ese tiempo que protegiera mi corazón, que aprendiera a ver las trampas, que me diera cuenta de las señales que obvié alguna vez y como yo no sabía bien cómo hacer eso, cómo cuidarme, me puse una armadura completa… no fuera a ser. Poco a poco fui aprovisionándome de recursos, de armas, de defensas, construí una muralla con todo lo que había vivido y con todo a lo que había temido y eso lo usé como un escudo protector. A veces resulta que lo que más te lastimó no lo sueltas porque tenerlo cerca te protege de perderlo de vista y dejar que de pronto vuelva a aparecer. Es una paradoja estúpida pero real.

Sin embargo, la vida con su magia te va poniendo en las situaciones necesarias para que tu espíritu crezca y se fortalezca, a nosotros nos toca aprender a ver los momentos y saber recibir las lecciones. No siempre estamos preparados para hacerlo y eso está bien pero deberíamos pensar la mayoría del tiempo que nos llega lo que estamos listos para vivir.

Confieso que yo estaba armada hasta los dientes con granadas y bombas Molotov, también tenía entre mis curiosidades una bazuka por si se me ofrecía, ya saben en caso de que alguien osara atentar contra mi integridad emocional  pero lo más loco es que yo creía que iba por ahí en paz, libre, con todo resuelto… qué ciega estaba.

A mi edad no creo que haya nadie que no tenga heridas, issues, y pendientes por atender, uno que otro cadáver en el sótano que un buen día empieza a apestar y si no lo sacas se convierte en un verdadero problema de salud. Todos tenemos temas que resolver o cosas que incluso nos marcarán para siempre pero hay mucho que se puede arreglar si se desea y se trabaja de verdad.

Algo pasó en mi vida estos últimos dos meses que me hizo meterme al sótano para por fin sacar el cadáver. Yo que predicaba paz era todo un Rambo en potencia, yo que me preciaba de ser una mente libre estaba atrapada, refugiada dentro de mi propio bunker como si estuviera en guerra; claro las cosas no son blancas o negras es decir tengo mis cosillas luminosas pero me di cuenta que a veces uno cree que la oscuridad es conveniente.
Así que estoy soltando las armas, pesan mucho y un día se pueden detonar contra mí. Ya no las quiero, no quiero ser una GI Jane. Un maestro bello me enseñó este tiempo que nada puede florecer en un jardín con tanques y minas y me dijo que como solo yo sé dónde están enterradas solo yo puedo desenterrarlas. Y lo voy a hacer. El discurso de la libertad va muy bien y suena muy encantador y todo eso, muy adecuado y sexy, pero no se puede ser verdaderamente libre si uno no es libre para amar, para vivir con esperanza real; y para ser libre para amar debes empezar por soltar las armaduras porque un corazón  no ve, no siente de verdad, no late fuerte si está apretado bajo un corset de hierro, el hierro para forjar espadas para matar. Es verdad que hay que estar atentos a las señales pero sobre todo hay que vivir, hay que vivir con amor y fluir, hay que caminar fuera de la oscuridad pues eso es también cuidarse.

Ha llegado el tiempo de entregar el armamento, de recuperar los campos y andarlos para sembrar las semillas de flores de colores y de risas. ha llegado el tiempo de derribar el muro y dejar que la herida seque y cicatrice de verdad. Las memorias, las sensaciones, los aprendizajes se quedarán y quizá como las heridas profundas del cuerpo a veces arda o con el frío duela, pero ya estuvo. Este mundo y su belleza son suficientes para no querer ser más un animal agazapado. Hace falta valor y amor para soltar y hoy después de días tristes, de confusión, melancolía y reflexión, quiero emprender el camino de regreso, ser libre para arar, cosechar y cantar a la tierra. La guerra terminó.

 

Aline Ross
Aline Ross

Soy comunicóloga, estratega experta en opinión pública y problemáticas sociales, actriz y fundadora de @lanave_teatro. Investigadora apasionada del ser humano, mexicana con alma irlandesa y vasca, espíritu del norte. Amo cantar, leer, actuar y el silencio. Observo todo el tiempo a la gente, colecciono personajes que encuentro en las calles y en diferentes lugares, amo la lluvia, el frío y las seis de la tarde. Las letras me llenan el alma todo el tiempo; son como un fuego intenso que habita en mí, estas ideas que me dicen: “¡escribe!” y entonces todo brota como un incendio. Prefiero el teatro al cine, el arte contemporáneo al clásico, las grandes ciudades a los mares. Soy de las que ha soñado y trabaja arduamente por un mundo justo abierto e incluyente donde amar sea válido para todas las personas.

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