Yo no soy valiente

Esto de ser valientes, fuertes, arrojadas creo que está o sobre valorado o mal entendido. Nos hemos construido demasiadas ideas alrededor de “cómo debemos ser las mujeres” y nos hemos comprado la falsa idea de que mostrar valentía es no temer, es enfrentarnos al mundo con una eterna sonrisa y además con ligereza como si flotáramos entre algodones.

Este fin de semana estuve encerrada tres días con más de 10 mujeres, todas creíamos que sólo íbamos a un taller a aprender sobre temas de posparto y cómo tener herramientas para poder ayudar a otras mujeres que están en esa etapa. Y sí, aprendimos muchas cosas, importantes todas, pero lo realmente revelador fue que aprendimos mucho más de nosotras mismas.

Todas juntas y a la vez cada una, de manera individual, hicimos un trabajo de volver a conectarnos con nuestra niña interior, pero no con la que nos sigue acompañando cada día, sino con las niñas que fuimos hace décadas. Como lo suponen a estas alturas, fue una catarsis absoluta.

Apenas comienzo a procesar todo lo que pasó en ese gran círculo de mujeres. Todas mujeres rotas, algunas integrantes de familias de mujeres rotas ancestralmente, otras nos rompimos en la infancia cuando dejamos de ser vistas por quienes debíamos ser vistas, cuidadas y protegidas; otras más en la adolescencia cuando buscaban su identidad y su lugar en este mundo.

Son historias dolorosas, intensas y profundas que nosotras y el mundo nos hemos convencido de que es mejor guardarlas, para no incomodar, para no molestar, para no confrontar, para no ser inapropiadas.

Hablar de nuestra maternidad, inevitablemente nos regresó a eso que duele, a esas heridas que no habíamos cerrado porque no sabíamos cómo hacerlo y en el círculo se hicieron evidentes. Hay quienes dicen que para ser mamás primero debemos dejar de ser hijas y así poder maternar, cuidar y contener a nuestros bebés, pero nos resulta imposible hacerlo cuando ese vínculo está herido.

Lo increíble de esto es que a pesar del dolor, del miedo, de la rabia, del abandono todas seguimos adelante, a veces lo que nos salva no es el amor ni la valentía, es el enojo lo que nos mantiene vivas, y con todo eso a cuestas estamos cada día dando la cara, educando o tratando de hacerlo de una manera menos dolorosa, menos jodida, menos rota, más amorosa, más respetuosa. Más siendo las adultas y no las niñas que a veces nos seguimos sintiendo.

La valentía de las mujeres del círculo no radica en “superarlo y ser felices”, lo que las hace valientes es que con todo el miedo y las dudas se levantan, a veces aunque no quieran hacerlo.

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