El día de San Valentín nunca fue una fecha que celebrara cuando era niña, nada qué ver con todas las actividades que hacen ahora de intercambios y detalles. Ni mis papás ni mi círculo más cercano celebraba el famoso Día del Amor y la Amistad, de hecho me decían que era una fecha sólo para el consumismo.

Así fue hasta que llegó la adolescencia y la expectativa de tener el novio con el combo: globo de corazón, flores, osito de peluche y chocolates. No me pregunten por qué, pero nunca tuve nada parecido a eso, vamos ni siquiera una de las cuatro cosas. Hasta mis novios me decían que yo no necesitaba esos detalles, porque lo verdaderamente importante estaba en otro lado, ¡toing!

Total que en realidad nunca he vivido un día de San Valentín como indica el manual, en los años recientes tampoco me importaba mucho, la verdad es que prefería recibir detalles en otros momentos sin “motivo” alguno.

No es que sea una grinch del 14 de febrero, para nada, sí creo que el amor y la amistad se pueden y deben demostrar de otra manera y todos los días, y que regalar ositos de peluche no es garantía ni de amor, ni de amistad.

Por lo general paso este día sin mayor emoción, pero este año en particular el 14 de febrero me cae un poco de peso, la verdad. Y es que resulta que ahora lejos de ser una fecha que me “cause ilusión” me recuerdas que estoy sola, solín, solita, como dice Sid en “La Era del Hielo”.

No es que sufra permanentemente, desde hace un año y meses que se terminó la relación con el papá de mis hijos, he podido hacer muchas cosas que antes no hacía y he vuelto a disfrutar la soltería, sin embargo, ahora que el día del amor y la amistad se acerca, no puedo evitar pensar “y si me quedo sola el resto de mi vida”.

Encontrar pareja después de tres hijos y casi en los 40 no resulta sencillo, empezando porque casi no tengo tiempo para “noviar” y segundo porque siempre habrá tres hijos conmigo, así que bueno, lo que toca es aprender a sobrevivir estos días en que la gente enloquece con los detalles y regalos.

Yo trataré de pensar que será un día como cualquier otro, en que seguramente me iré a correr, a almorzar y luego al cine como viene siendo mi costumbre cuando mis hijos se van con su papá el fin de semana.

Si corro lo suficiente, las endorfinas ayudarán a no sentir esa nostalgia absurda por un día que nunca celebré pero que hoy me recuerda que no tengo perro que me ladre. En cuanto a mis amigas, no necesito que ese día me demuestren cuanto me quieren, porque lo hacen todos los días de distintas maneras y celebramos nuestra amistad de muchas y divertidas maneras.

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