Más libre que nunca

Siempre he dicho que las mejores cosas me han llegado con la edad, y aprender a decir no fue de esas cosas que tuve que aprender ya bastante mayorcita.

Y es que resulta que yo, como muchas generaciones, por no decir que todas, fuimos educadas para obedecer, aunque en mi caso muy particular, recibía mensajes contradictorios.

Por ejemplo, mi papá se encargaba de decirme que ser mujer no era ninguna deficiencia, que podía y debía ser lo que quisiera, que tenía derecho a decir no cuando no quería algo o cuando algo no me gustaba, pero claro, eso aplicaba para el resto del mundo, porque cuando se trataba de sus sabias instrucciones, no había manera de contradecirlo.

O sea, aplicaba el “con todos menos conmigo” y las pocas veces que llegué a disentir de él abiertamente, ocupaba horas  para convencerme de hacer lo que a él le parecía lo correcto, como ir o no a ver una película sólo porque a él le parecía lo correcto.

Cuando de plano no lograba sacarme de mi NO, pues entraba el chantaje “¿entonces no te importa mi opinión?. ¡Zas!

Y así de a poquito y sin darme cuenta fui interiorizando que decir no era sinónimo de hacer enojar a los otros, de que no me quisieran, de no ser perfecta.

Obvio que cuando llegué a la adultez, pues me rompí el hocico más de una vez haciendo cosas que no quería pero que era lo que otros esperaban de mi, con tal de que me quisieran.

No se crean que cosas “graves”, más bien cosas cotidianas en el entorno familiar, en el trabajo, con los compañeros, hasta con los amigos, y de los novios pues ni hablemos porque comienza la lloradera.

Nunca supe en qué momento me compré la idea de que debía ser monedita de oro para que me quisieran, y eso implicaba decir sí a las necesidades del resto del mundo.

Lo bueno es que las crisis sirven para algo, y un buen día por ahí de mis 25, en medio de una mega crisis, mi instinto de supervivencia dijo “no más”. Entonces comencé a decir NO a diestra y siniestra.

Decía no a la primera, incluso aunque fueran peticiones razonables, aunque fueran cosas que sí podía hacer sin que me fuera un drama hacerlo, decía NO. Al principio hasta las manos me sudaban, temblaba y sentía un hoyo en el estómago, pero poco a poco fui sintiéndome más cómoda con mis nuevos No’s

Esa fue mi única manera de poder medio llegar a un equilibrio entre los Sí y los No. Pero lo más increíble de todo es que las cosas fueron funcionado diferente, es decir, el mundo no se me acabó, nadie se murió y contrario a lo que pensaba fue llegando a mi vida gente amable, cálida, interesante, y de a poco se fueron yendo todas aquellas personas que sólo estaban porque obtenían algo de mi.

De hecho, fue la primera vez en mi vida que comencé a sentirme respetada y valorada, personas que ni imaginaba de pronto preguntaban mi opinión y ¡la tomaban en cuenta!

Pero la mejor parte, es que cuando digo No me siento más libre que nunca.

 

 

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