Huir

“Corre Pamela Corre” era una frase muy recurrente en mi cabeza hace un par de décadas, más, menos. Bueno, la verdad es que desde chiquita sentía esas ganas de salir de corriendo de muchas situaciones y circunstancias que me tocaron vivir, pero fue hasta pasada la adolescencia que sentí que realmente podía irme de donde no me gustaba estar.

De hecho lo intenté un par de veces, irme, lejos, fuera, en donde pudiera “volver a empezar” mi vida, en dónde pudiera hacer un corte a y ser por fin eso que yo quería ser sin que nadie me determinara o me impusiera lo que deba ser y hacer.

Hubo incluso una etapa en la que sentía, literalmente, que México me asfixiaba, tanto que cuando llegué a Buenos Aires la primera vez, lo único que se me ocurrió decirle a la mamá de mi media hermana fue “no quiero regresar a México”. Ella me miró con ojos de plato y claro que respondió lo más coherente, “calma, platicamos de eso luego, bienvenida a Buenos Aires”.

Por supuesto, que no tenía ningún plan de acción y tampoco me había ido con esa internación, el motivo de mi viaje fue llevar a mi hermanita chiquita (tenía 7 años entonces) de regreso a su casa con su mamá, obvio que nomás vi burro y se me antojó el viaje, dije de que aquí soy y no me regreso a México.

La historia corta es que al mes medio que, después de extender dos semanas más mi estancia, me devolví a México con un horrible hoyo en la panza, mucha tristeza y una extraña sensación de decepción por no haber logrado quedarme en esa ciudad tan bella.

Recuerdo claramente que al aterrizar el avión, automáticamente, me regresó a mi cuerpo la horrible ansiedad que provoca el miedo, sí, miedo. La relación con mi padre, el bachillerato sin haber terminado y sin ningún proyecto de vida claro en mi futuro me hacían sentir pequeñita, perdida y asustada.

No quité el dedo del renglón, busqué un trabajo que me llevó a otro mejor pagado y ahí de nuevo vi mi oportunidad de salir corriendo de aquí. De nuevo, sin plan, sí soy como el borras, ya lo sé.

Estaba ahorrando cuando una muy querida amiga me mandó un mail, “me casé con un francés, estoy viviendo en Burdeos, así que si quieres venir, sólo paga tu boleto de avión y acá te espero”, mis ojos brillaron y mi corazón se hizo grande.

Cuatro meses tenía dos maletas enormes y una sonrisa en la cara, no sólo iba a cruzar el charco, ¡iba a Francia, el sueño de mi vida después de que aprendí francés en Canadá, nada podía salir mal!

Las primeras semanas todo fue fiesta y alegría, nuevos amigos, vino tinto baratísimo, paseos nocturnos, charlas hasta el amanecer, comida deliciosa, hospedaje gratis, pero lo bueno también se acaba y tenía qué decidir qué hacer con mi vida.

Gracias a un par de contactos que conseguí en México, logré instalarme en París, ni bien comenzaba el primer año del nuevo siglo, 2001, primero estuve en las “afueras” de la capital francesa, unas semanas después vivía a sólo unas cuadras del museo más famoso del mundo.

Lo había conseguido, estaban lejos de mi país y de las personas y situaciones que no me gustaba, pero ¿qué creen? me seguía sintiendo igual de chiquita, de asustada, de indefensa. Aunque conocí a personas que me celebraban mi valor por estar del otro del mundo, yo no lo veía así.

Cada paso que daba, en cada decisión que iba a tomar los fantasmas, los miedos, mis mounstros personales aparecían, seguían determinando mis acciones y hasta mis sentimientos.

Total que después de muchas vicisitudes y angustias decidí regresar a México, con todo el miedo que me significaba, porque me di cuenta de que no estaba tratando de recomenzar una nueva vida, estaba huyendo.

Lo que aprendí de querer huir de mis miedos más íntimos y personales, es que no importan qué tan lejos te vaya ni cuántos océanos cruce, los dolores, miedos, fantasmas, se van con nosotras a donde quiera que vayamos, nunca los dejamos atrás, por el contrario, muchas veces son ellos quienes nos hacen tomar ciertas decisiones, a veces, las más trascendentales.

Justo ayer vi una película cuyo tema central es viajar para huir, al ver “Comer, rezar, amar” entendí, 15 años después, muchísimas cosas, unas que pasaron entonces  y otras que siguen pasando, pero sobre todo me recordó esos viajes planeados más para huir que para gozar.

Los viajes ilustran, mucho, muchísimo, pero los que más lecciones nos dan son los clavados que nos aventamos hacia adentro, creo firmemente que cuando escarbamos, eso que tanto nos asusta o nos duele, después, entonces sí, podemos viajar ligeros y disfrutar el paisaje, aunque no vayamos a ninguna parte físicamente.

 

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