Enmarcando sonrisas

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Desde hace unos pocos meses para acá me he propuesto hacer algo todos los días antes de salir de casa: verme al espejo y sonreír.

No puedo vivir sin las sonrisas diarias, principalmente las de mis hijos. Amo esas que me regalan al despertar, sonrisas chuequitas medio borrosas enmarcadas con cabelleras enmarañadas y ojitos de rendija; empezar los ajetreados días de rutina con esas caritas me hace el resto del día.

Al llegar a la oficina procuro saludar a cada uno de los miembros del equipo con un sonriente: “Buenos días”, siempre me regresan de la misma forma el saludo; después de eso y el primer sorbo de café me siento lista para empezar la jornada.

Los pacientes y familiares también me dan de sí, cuando pasan a mi oficina ya sea para resolverles un problema administrativo o explicarles un resultado, la sonrisa de agradecimiento me satisface la parte profesional del alma, siempre procuro contestar con un: “De nada, estamos para servirle”, pues para mi es la verdad.

Tengo más sonrisas al llegar a casa, es hermoso que mis hijos me reciban en la mesa con besos, carcajadas y alguna que otra comida masticada en la boca; seguimos con la rutina y las sonrisas terminan después de leerles el cuento nocturno, besarlos y apagarles la luz.

Soy bien simple y me salen fácilmente las sonrisas al recibir de las personas especiales un mensaje o una llamada; ver un bebé chiquito cargado en fular,  perros correteando en una fuente o cuando las parejas se besan en la calle (al mundo le hace falta mucho amor); me hace sonreír ver inmuebles firmados por sus arquitectos, ver un amanecer frente al mar, las parvadas de palomas al atardecer, una paleta de cajeta cubierta con chocolate y nuez o de grosella, los tulipanes, terminar de correr y ver que hice menos tiempo del que pensaba, que me abracen, que tengan detalles lindos conmigo o con los míos y sobre todo ver que a pesar de todo, aún tengo mucha capacidad para amar y disfrutar.

11 Comentarios
  1. Soy servidor público en la ciudad, y sonreir ha sido un bálsamo, para mi, para mis colaboradores y sobre todo para la gente a la que nos debemos, pues hoy en día la burocracia está en deuda con los ciudadanos. Las instituciones públicas son un dolor de cabeza para la gente. Así que al recibirlas y atendenderlas con un “¡Hola!” acompañado de una sonrisa relaja el trato y hace más “humana” la relación y nos ayuda a darle soluciones a sus exigencias. No podría soportar un solo día sin sonreir.

    1. Totalmente de acuerdo con el argumento, nosotros, los servidores públicos estamos para atender al ciudadano y en mi caso al enfermo. Hacerlo con una sonrisa como dices es un bálsamo de calidez que contrarresta la fría burocracia. Gracias por leer y opinar 🙂

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