En gustos se rompen géneros

monicaB

Por Mónica Guzmán*

Cuando mi amiga Mariana García Olsina me invitó a escribir para su blog de entaconadas (Diarios en tacones) sobre el refrán “En gustos se rompen géneros”, lo primero que me vino a la mente fue: Qué tanto de esta frase es verdad o algo que utilizamos para salir de una pregunta incómoda, sin morir en el intento. Como cuando nos pregunta una amiga –que no tolera muy bien la frustración y pasó toda la tarde en el salón de belleza– sobre su aspecto. Y mientras la vemos, nuestra mente se revoluciona y comienza pensar entre nuestro repertorio de posibles respuestas aquella que creamos que la lastimará menos, pues sabemos que es cien por ciento un jarrito de Tlatepaque. Y entonces salimos con un tibio “bien” (que dicho sea de paso no nos cree nadie, a menos, claro, que seamos excelentes actores o muy buenos mentirosos) y rematamos con un: “Aunque yo no me atrevería a habérmelo pintado de ese color, pero en fin, a ti te queda…bien, después de todo hay gustos para todo ¿no?” Cuando lo que en verdad quisiéramos haberle gritado es: “¿En serio? ¿En qué estabas pensando?”

Admítanlo, todos hemos utilizado el refrán por lo menos una vez en la vida, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Pero esta frase es mucho más que un simple refrán o una excusa, sobre todo si pensamos en sus repercusiones si no fuera cierta. Muchas veces le tememos a lo diferente, hacemos todo lo posible por ser iguales, por no desentonar, pues de alguna manera sentimos que eso nos da sentido de pertenencia y olvidamos que nuestra mayor riqueza es precisamente la existencia de las diferencias. No nos crearon a todos en una línea de producción masiva, donde si al llegar al final de la banda no cumplimos con el estándar de 90-60-90 somos producto defectuoso. Afortunadamente, no vivimos en la época espartana o terminaríamos en el fondo de un barranco. Por suerte, cada día más gente valora el hecho de que somos únicos e irrepetibles y en eso radica nuestro valor. Todos somos diferentes, y al mismo tiempo, todos valemos igual y tenemos los mismos derechos.

Si todos pensáramos y sintiéramos igual, si a todos nos gustaran siempre las mismas cosas. Nuestras vidas serían monótonas y el mundo sería gris. No habría sorpresas ni mariposas en el estómago ante la expectativa por algo nuevo y original. Nadie se atrevería a inventar nada por miedo a ser juzgado.

Si todos quisiéramos ir a un solo lugar, por ejemplo en vacaciones a la playa, llegaría un punto en que no podríamos ni meter los pies en el agua. Mientras que el campo y los bosques no sabrían lo que es el sonido de una risa. No habría caminos por descubrir, ni más arte que crear… Todo estaría dicho.

Las diferencias siempre son buenas, nos complementan y enriquecen como personas y como sociedad. Por algo siempre se ha dicho que dos cabezas piensan mejor que una. La clave para lograrlo es el respeto. Respeto a los gustos, creencias, ideologías y a todo lo que sea diferente. Se sorprenderían lo que podemos aprender de los demás.

Así que sí, por fortuna en gustos se rompen géneros, bueno, menos para Pedro Fernández, porque a él le gustan las altas y las chaparritas, las flacas, las gordas y las chiquititas…

*Mónica Guzmán. Comunicóloga egresada de la Universidad Anáhuac, hace tantos años que no quiero acordarme. Dedicada a la empresa más gratificante, mi familia. Soñadora incorregible. De hecho, después de mis ocho horas reglamentarias paso las 16 restantes soñando despierta.

Desde que tengo uso de razón me gustó escribir, pero nunca me lo tomé en serio hasta hace unos años que pensé ¿Por qué no? Y me di a la tarea de escribir una novela a la que han seguido otras dos que pueden leerse en línea. No sé si algún día seré leída en todas partes, pero les aseguro que me divierto mucho en el proceso.

No hay nada que disfrute más que estar frente a la chimenea con una copa de vino y un buen libro.

@MonicaGuzman2

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