Experimentando la soledad

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De chica odiaba estar sola, a tal grado que cuando mi mamá se iba al súper y por cualquier razón no nos podía llevar a mi hermana y mí, a los pocos minutos de que cruzaba la puerta yo terminaba en un mar de lágrimas, y mi hermana, menor que yo, consolándome.

Pasó el tiempo y las cosas no cambiaron mucho, pocas veces disfrutaba la soledad; sin embargo, esa ocasión lo necesitaba, así que no lo pensé mucho, decidí hacer un experimento y me inscribí a un retiro espiritual, de viernes a domingo, que habían organizado en la universidad.

Fue en una casa por Santa Fe, la cual se encontraba rodeada de árboles gigantes. Un lugar ideal para encerrarme conmigo misma a reflexionar. El pequeño detalle fue que no sólo me inscribí yo, también lo hicieron tres amigas.

Llegamos y lo primero que nos dijeron fue que, por favor, nos olvidáramos del celular. Como en aquella época no existía Twitter ni Whatsapp, no tuvimos problema y los apagamos. Después, nos dividieron en parejas por habitación y nos dejaron elegir con quién queríamos estar.

La primera noche hicimos algunas dinámicas de integración, nos explicaron las reglas, cenamos y elegimos uno de los libros que nos daban para esos momentos de silencio obligatorio, los cuales ni abrimos, pues preferimos el dominó y las cartas que llevaba Mafer en su maleta.

Fue una experiencia padrísima. Aunque fue imposible encerrarme conmigo misma, como era la idea original, las pláticas que nos dieron parecían que estaban destinadas a responder las preguntas que rondaban mi cabeza, especialmente la que dio una consagrada sobre el amor y la pareja. Con decirles que terminé berreando y tomando nota de todo.

Cuando podía, procuraba aislarme, observar el paisaje, relajarme, escribir y enfocarme en mí, en lo que sentía, y así, extrañamente, comencé a disfrutar esos instantes sola conmigo misma.

El domingo hicimos otras actividades de despedida y yo me sentía preparada para tomar una decisión importante, pero, sobre todo, convencida de que esos momentos de soledad, paz y tranquilidad sirven demasiado, aunque a muchos nos den miedo, quizá por la velocidad a la que gira nuestra mente o porque preferimos encerrarnos en el bullicio diario y no escuchar nuestras ideas.

Ahora, esos momentos conmigo misma, cuando mi hijo se durmió y el marido no ha llegado, los aprovecho para descansar, repasar pendientes o analizar mi día, tratando de enfocarme en las áreas de oportunidad.

Grace Navarro
Grace Navarro

En algún lugar escuché que la fotografía detiene el tiempo. Yo nunca he querido detener el tiempo. Pero siempre he querido recordarlo todo. Soy fotógrafa porque la fotografía llegó a mí y no yo a ella. No tengo buena memoria pero tengo muchas fotografías. Nací en Mexicali, donde el sol te quema la piel y la gente te abraza con su calor humano. Un impulso me trajo al DF y muchos otros me han mantenido en esta ciudad. Si me preguntan dónde he trabajado diré que en periódicos, revistas y editoriales, que me han pagado por tomar fotos, que he viajado y conocido lugares increíbles, y que he conocido a gente excepcional. La verdad es que la fotografía cambió mi vida y eso es lo que soy, simplemente una fotógrafa.

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