Esquina, bajan

ixchela1

Yo confieso que si no es del diario, voy sentada junto a la ventana y no hay música a todo volumen, disfruto mucho viajar en transporte público, llámese microbús, camión, trolebús. Me pierdo por completo en el paisaje; no, no lo hago en el taxi, es peligroso y muchas veces hay que dirigir al chofer que luego anda más en la pendeja que yo, ni en el metro porque sólo se ven lucecitas o cemento y si vas por fuera, la velocidad no lo permite.

Me encanta ver a la gente pasar, invento historias según su semblante, es interesante descrubir que no todos traen prisa; he cachado gente cantando y bailando, mientras estamos parados en el tráfico y hasta he sido testigo de la osadía de parejitas que presas de su pasión y armados de valentía se fajonean (y algo más) mientras van conduciendo. Veo los rostros de las personas que van caminado, las que siempre me sorprenden son esas mujeres que salen con más de un chamaco cargando pañalera, juguetes y hasta bolsas de mercado o súper ¡que bárbaras! mis respetos. Me ponen en mi lugar.

Me gusta ver los edificios viejos, aquellos que aún tienen nombre propio y ese azulejo ya cuarteado y opaco por fuera, ver sus ventanales, las cortinas; me pongo contenta si tienen el nombre del arquitecto grabado, sí, soy una romántica y me parece bonito firmar una obra terminada.

Disfruto ver pasar a adolescentes caminando en bolita, platicando y carcajeándose, hacen volar mi imaginación y pienso en el futuro de mis chamacos, espero que cuando lleguen a esa edad caminar libres y sin miedo en esta ciudad, como yo lo hacía, no sea un lujo.

Si es una ruta por la que paso seguido siempre voy checando locales, qué hay cerca, qué queda de camino, observo todo aquello y tomo nota de lo que no me doy cuenta cuando voy manejando. Si me percato que un local ya tiene otro giro, siento feo por los dueños del anterior negocito (en serio, es inevitable). Veo los letreros con los nombres de las calles, los semáforos, el pegote del concierto de hace mil años pegado en el poste “¿A poco vino Iron Maiden de nuevo? ¿por qué no fui?” Ya será para la próxima, total, vienen a cada rato.

Observo detenidamente los árboles, aunque sólo conozca por nombre a las jacarandas y palmeras; si encuentro un nido o un gato trepado, me brotan las sonrisas.

Me llaman la atención las cruces sobre las banquetas, leo los nombres de los fallecidos, calculo la edad con las fechas que están grabadas, morbosamente imagino lo que pudo haber sucedido y pienso en los que los lloraron en su momento.

Sí, disfruto mucho estos viajes, no hay pendientes ni rutinas, la vida pasa, la observo, me detengo, pero ¿ven cómo me encierro en mí misma cuando no manejo? ¡Chingau! Ya me pasé la calle ¡esquina bajaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Grace Navarro
Grace Navarro

En algún lugar escuché que la fotografía detiene el tiempo. Yo nunca he querido detener el tiempo. Pero siempre he querido recordarlo todo. Soy fotógrafa porque la fotografía llegó a mí y no yo a ella. No tengo buena memoria pero tengo muchas fotografías. Nací en Mexicali, donde el sol te quema la piel y la gente te abraza con su calor humano. Un impulso me trajo al DF y muchos otros me han mantenido en esta ciudad. Si me preguntan dónde he trabajado diré que en periódicos, revistas y editoriales, que me han pagado por tomar fotos, que he viajado y conocido lugares increíbles, y que he conocido a gente excepcional. La verdad es que la fotografía cambió mi vida y eso es lo que soy, simplemente una fotógrafa.

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